El egoísmo que nos define
Puedes tenerlo todo… y aun así no tener nada.
Resulta inevitable que en algún determinado momento (o en muchos, según la persona en cuestión), la mentalidad egoísta del ser humano le haga ser tan acaparador que el prójimo le importe un bledo (incluso menos que eso), y su único objetivo sea tener cada vez más y más de todo y a costa de quien sea. Algunos, incluso, consiguen acaparar tanto que necesitarían ser gatos para tener siete vidas y que les diera tiempo a gastar todo lo que tienen. Aunque también es cierto que son bastantes los que, teniendo demasiado, no saben disfrutar de ello y se pasan la vida trabajando y privándose de muchos caprichos (cuando en realidad se los pueden permitir) para acabar siendo los más ricos del cementerio.
Se ha dado el caso de algunos que han muerto en la miseria teniendo debajo de su colchón grandes fajos de billetes (y que conste que no es una leyenda urbana) que, al final, no les han servido para nada, salvo para hacer más mullida la cama y también, dada su tacañería, para no gastar el dinero comprando un buen colchón.
Son muchos los que conocen la forma de ganar dinero, pero son menos los que tienen el conocimiento necesario para saber gastarlo y, sobre todo, para disfrutarlo, ya que son tan sumamente avaros que les duele desprenderse tan solo de una de sus relucientes monedas (los hay que incluso les dan brillo para que reluzcan más todavía, y se quedan embobados y las contemplan durante horas como si fueran una valiosa colección de sellos) cuando la verdad es que poseen cientos de miles de ellas; pero, a pesar de eso, tanto poderío monetario no les servirá para librarse del destino final que les aguarda, ya que en eso son exactamente idénticos al más pobre de los seres humanos.
Se da el caso curioso de muchos supermillonarios que nadan en un mar de oro y, según parece, no se han enterado de que esto se acaba. Su poderío económico les permite tener de todo (coches, joyas, cuadros, putiferio de alto standing, mayordomo, chófer, caviar beluga…), excepto comprar tiempo.
¡Qué faena!
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